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mi propia perspectiva

fragmentos

< ¡Ha vuelto! >

< ¡Ha vuelto! > Después de una larga temporada desaparecida en combate (para mí no, claro está, yo he seguido viéndola como siempre), _YkA_ ha vuelto a dar señales de vida en su blog. ¡Que alegría! Aunque la muy traidora no me había avisado... ejem!
Un beso tata!!

P.D. Hoy es el cumple de Chemari, así que ¡FELICIDADES NANO!

Si consigues mantener la calma cuando todo el mundo ha perdido la cabeza, es que no te enteras del problema.
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< Enfermedad >

< Enfermedad > Y, sin duda, dos cuerpos que se descubren, nunca dejan de ser, en algo, iguales, de la misma carne. No era soberbio pensar que él, después de morir, aún perduraría en ella, hasta su muerte. La había amado sintiéndose su sangre y su corazón; estaba en ella y él, de la misma manera, le pertenecía.

...

Ella lo llevaba de la mano. Apenas un roce, pero de una posesión, de una vuluptuosidad increíble. Toda su vida estaba concentrada en ese roce delicado. Y era como si reposaran en una luz que los apartaba de cualquier mirada.

< Niebla >

< Niebla > Sobre ellos se recorta la silueta de una niña. No es una imagen fugaz. Se trata de algo sólido: de una niña que ha sacado su muñeca de una caja, la ha movido ahuecándole las ropas acartonadas, la ha peinado y, luego, se ha puesto aquí, en algunos momentos, a ver la fiesta de la muerte y, en otros, a pensar en ella misma, en ella sola, que sabe que está tan sola como el mundo y su muñeca, en donde ahora vibra un pequeño corazón.

-¿Quién eres?, pregunta L.
La niña no responde. Su silencio tiene cuerpo y flota alrededor. Su silencio es niebla que amortigua todo con su tejido de encaje.
L. observa a la niña que se entretiene quitándole la ropa a la muñeca. La extiende sobre sus rodillas y, luego, se la vuelve a poner. Finge una rígida concentración para evitar la presencia de L. Una aureola fría emana de esa concentración y L. opta por marcharse.

Faltan unos escalones para llegar al velatorio. L. casi no puede respirar porque el corazón se agolpa por el temor del encuentro. Mira hacia abajo y ve, primero, a la niña, perfilada sobre las líneas duras de la escalera. Mira su cabeza, sus brazos que se mueven como alas, sus manos que rodean al pequeño ser de cartón. Huele a lluvia, sí, ¿o es incienso?

...

L. se cierra el abrigo y, concentrada en el aire húmedo, en la blanca mañana, se convierte ella misma en una mancha blanca. No ha visto la silueta de la niña que, oblicuamente a su dirección, se dirige hacia el bosque de cipreses. Arrastra los pies sobre la hierba gris. Su muñeca, lo mismo que ella, tiene las ropas hechas jirones y los cabellos apelmazados. Se pierde entre los árboles, mientras vibran sus pasos con un ruido de madera.

Desde arriba, por encima de las nubes, puede verse cómo la niña, la muñeca y L. van a confluir en algún sitio, hace muchos años, es decir, mañana.

< La grieta II >

< La grieta II > ...

Los pensamientos de Sombra y de Nadie no se presentan como un hilo continuo, casi no existen linealmente: son nudos de terror y no se deshacen jamás. Su sabiduría sobre la terrible relación con los humanos les viene de lejos, de antepasados muertos a pedradas, empalados, quemados vivos. De poco les sirve saber que, también entre ellos, entre los humanos, según les contó Desgri, ocurría lo mismo. No quieren saberlo. Al contrario: el nudo terrible aún les aprieta más, hasta ahogarlos, hasta convertirlos en una piedra que no reacciona a nada, pero eso sí, una piedra en movimiento, dice Nadie, para huir.

Y, sin embargo, es difícil huir de los disparos y, a veces, incluso capturan a un par de perros en las fiestas, para diversión. Si están atados, mejor, porque se les puede apedrear hasta matarlos o se les puede reventar las entrañas con cohetes. Son borrachos, dice Desgri, encaramado en el bosque de olivos, sin atreverse a intervenir para defender a Colmillos, que murió, después de una noche de tormento a manos de unos que, lo mismo que destrozaron a Colmillos, podrían haberse matado entre ellos o, tal vez, a una mujer.

...

Blanco está arriba, en la colina. También ha venteado la fiesta. Ha oído los gritos de los humanos y los teme. Gritos y carcajadas, no es alegría, dice Blanco desde su estabilidad de perro sentado ahora como una esfinge. El frío seco, el brillo de las estrellas, el aroma de la tierra que él instintivamente no deja de olfatear, lo acompañan. ¿Qué alegría, piensa, puede haber en esos monstruos que ríen, mientras despedazan a un animal, y por qué no, a otra persona?; ¿o que son capaces de tumbar un hermoso árbol sólo por capricho?

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< La grieta >

< La grieta > ...

El viajero le lleva una lata y deposita su contenido sobre el tejadillo, mientras el feroz Colmillos, a un lado, y el Enano de la Barba, al otro, intentan desesperadamente birlarle su comida, a riesgo de estrangularse con las sogas que los retienen. Desgraciado, con el tumulto, y la proximidad del viajero, está más temeroso que nunca.
- Me asusta el ruido, piensa, mientras lanza una mirada completamente desvalida al hombre. No me atrevo a comer, y lo mira de reojo a él y al paraguas que sostiene.
- ¡Qué le vamos a hacer! Estoy preparado para la paliza.
Pero el viajero lo sorprende con algo desacostumbrado: le acaricia la cabeza, le ofrece, uno a uno, los trozos de carne pinchados en un palo. Desgraciado no se atreve a moverse, a lamer esa mano que se aproxima, no muestra ningún afán por la comida, no puede desfrutarla por el terror que le inspira el paraguas puntiagudo.

Desgraciado, de pie, podría arrojar al viajero al suelo y destrozarlo a mordiscos, como hace con los jabalís, cuando lo llevan a la caza. Pero ahora está desbordado por la presencia amable de ese hombre extraño que no se parece a los demás y, para demostrarle sumisión, aguarda humildemente cada torcito, ocultando cualquier deseo, como si hubiera dejado de existir y fuera un pequeño trozo de pasto que alguien abona.

Cuando Desgraciado, al cabo de los días, tiene confianza, en cuanto ve al viajero, se acerca alegre y se pone de pie para colocarle una de sus patas, muy suavemente, cobre el hombro. Luego se mantiene a su lado, respetuoso, callado, se concentra en cómo el hombre palmotea su cabeza y le dice:
- ¿Qué haces? Eres bueno, ¿verdad? Ya no tienes miedo, ahora, ya lo sé, Desgri. El perro eleva la cabeza para agradecer el nombre que nadie, hasta entonces, le había puesto.

...

< Una mañana en la playa >

< Una mañana en la playa > ...

La niña ha subido medio tronco. Seppel está abajo, nervioso, ladrando, y, a cada ladrido, salta. Parece enfadado, porque las orejas, el flequillo, los bigotes, están caídos y se mueven rígidamente. Le dice a la niña:
- No me dejes solo.
Pero la niña quiere subir hasta arriba, quiere sorprender a la madre y le grita más y más para que ella, al fin, se vuelva a mirarla. Es un instante: le hace una seña con el brazo para que baje del árbol, mueve la cabeza reconviniéndola, pero no viene a su lado, no trepa también como ella, ni siente el roce del riesgo ni la emoción de hacer algo inútil, -como todo- pero hermoso.

La cabeza de la madre ha vuelto a recostarse en la toalla púrpura y la niña está al lado de Seppel, sentada en la base del árbol, esperando que alguien admire su proeza. Pero nadie, tampoco el padre que regresa ahora de su paseo, tiene interés en algo tan prodigioso como que una niña trepe a un árbol torcido en una mañana azul.
La madre se ha incorporado y le hace señas para que venga y recoga sus cosas. Es la hora de volver. La niña y el perro se acercan despacio. Quedan sus huellas profundamente marcadas en la arena. Acaso Seppel se distrae olfateando un leve rastro.

La niña se sienta al borde del mar, con los pies bañados por las olas, con los hombros y la cabeza caídos, sin hablar. Está triste y, cuando el padre le dice algo o la madre la llama para cambiarle el bañador, dice no, moviendo todo el cuerpo, bajando aún más la cabeza, con la barbilla hundida en el pecho. Seppel le lame los pies y mira a los padres y vuelve a lamer como si dijera:
- ¿Por qué no la habéis mirado cuando trepaba?

La madre la envuelve en la toalla roja, la coge en brazos, da vueltas, ríe y la acuna, la besa, y la niña vuelve, poco a poco, a sonreír. No ha ocurrido nada. Sólo tristeza, una mirada recelosa, el peso de la mañana, que han hundido los pies en la arena. Nada. Pero algo simple y portentoso se ha perdido.
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